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Su Vida

 

 

Su familia

 

 

 

 

 

En Huaraz vino al mundo el 1 de marzo de 1914 y allí pasó buena parte de su infancia junto a sus padres, don Amadeo Colonia Flores y doña Rosalía Zambrano y junto a sus hermanos menores. Cada uno de los cuales: Hipólito, Esther y Rosa.

El padre de Sarita se ganaba la vida como carpintero, en tanto que su madre se dedicó a la casa y a cuidar de sus hijos, como hace la gente común. Era gente sin pretensiones ni recursos económicos a su disposición. Y aunque ahora recuerdan que doña Rosalía había servido al Banco de Crédito de Huaraz, ella tuvo que dejar el trabajo para atender a sus hijos.

Ellos emprendieron rumbo a Lima cuando a doña Rosalía le afectaron los bronquios. Se fueron a Lima a buscar atención médica y de paso mejores oportunidades para la familia. Para entonces Sarita tenía unos 10 años.

En Lima, permanecieron por un lapso aproximado de 4 años en una casita alquilada en Barrios Altos. Don Amadeo matriculó a Sarita y a otra de sus hijas, como alumnas internas del colegio católico Santa Teresita de Mavillac. Dicho centro educativo ubicado en el Parque Universitario, estaba dirigido por una congregación de religiosas francesas. Al cabo de tres años en el colegio, Sarita y su hermana habían aprendido a leer, a escribir y a dibujar.

Doña Rosalía recibe la recomendación de vivir en una zona con un clima como el de su tierra natal, debido a esa necesidad don Amadeo decidió el retorno de la familia a Huaraz. Para lo cual tuvieron que interrumpir la vida escolar de sus hijas Sarita y Esther. A ellas no les quedó más que abandonar sus estudios y encargarse de velar por la salud de su madre.

Doña Rosalía falleció a los pocos meses de haber regresado a Huaraz. Pero antes de dejar este mundo, le pidió a su primogénita encargarse de la familia. Sarita ya estaba preparada para eso, porque entre las familias de origen andino, es usual que las primeras hijas lo estén. Su Hermano Hipólito da cuenta de eso cuando dice: Sarita se convirtió en nuestra pequeña madrecita.

Don Amadeo se volvió a casar y tuvo 4 hijos más. Con el crecimiento de la familia, crecieron las necesidades, pero no los recursos económicos. Sarita trabajaba en una panadería de Huaraz para ayudar a los suyos. En 1930 cuando ya tenía unos 16 años de edad regresó a Lima. Viajó acompañada de su padre, quien, en Casma, cuando los viajeros disponían de un tiempo para alimentarse, aprovechó la oportunidad para conversar con una familia Italiana establecida en el Callao. Esta familia estaba necesitando la ayuda de una joven que cuidara a sus niños y Sarita fue la elegida.

Ella se dedicó a realizar esa labor con agrado por más de tres años, hasta que volvieron a necesitarla su padre y sus hermanos menores. Nuevamente don Amadeo había quedado viudo, con varios hijos pequeños, pensó en Sarita, su primera hija como la encargada de velar por sus hermanos. Primero envió a Lima a sus hijas Esther, Rosa, Graciela y Teófila y posteriormente viajó él mismo con sus hijos Hipólito y Máximo. El papá de Sarita permaneció un año en Lima mientras visitaba el Hospital Dos de Mayo, debido a sus problemas de salud.

La búsqueda de recursos para la familia era una de las principales misiones de Sarita. Pero atender a los suyos implicaba una mayor disposición de tiempo y una mayor independencia que la que permitía el empleo doméstico. No le quedó más alternativa que dejar la casa de la familia italiana, para ir al mercado central como ayudante de una tía, en un puesto de pescado. Un tiempo después se independizó con la idea de tener su propio negocio, pero tuvo que dejarlo porque requería mucho dinero.

Para enfrentar las necesidades de su familia, se dedicó a vender verduras, frutas, ropa de niños y de adultos (damas y caballeros), así como de artículos de tocador. Dicen sus hermanos que también trabajó en cafeterías y lecherías. Sarita no era indiferente a las necesidades de otros pobres, compartía lo poco que tenía. Cocinaba bien, era hacendosa y afectuosa con los niños, con los ancianos, con los enfermos y con los desvalidos. Sarita la pequeña madrecita de muchos, no tuvo ocasión para interesarse en fiestas, ni en hombres; es así como la recuerdan sus hermanos.

No es de extrañar que se resalte de Sarita su gran sensibilidad ante las carencias sufridas por otros tan o más pobres que ella. Con el amor al prójimo, especialmente a los más necesitados, dio a los suyos un ejemplo de gratitud a Dios. Tampoco es de extrañar que se convirtiera en algo semejante a la mamá de sus hermanos, las primeras hijas cumplen ese rol en la tradición andina. Aún conmueve el recuerdo de su disposición a compartir con otros lo poco que tenía. Además de hacendosa y muy buena cocinera, es recordada por su humildad y especial bondad con los necesitados.

Tenía solo 26 años de edad cuando dejó este mundo en el hospital de Bellavista, un 20 de diciembre de 1940. Se la llevó el paludismo pernicioso; así consta en su certificado de defunción que guarda el obispado del Callao, pero la versión familiar señala que murió de muerte natural.

Fue sepultada sin procesión fúnebre, sus restos fueron enterrados en una fosa común del cementerio Baquíjano del Callao. Y sobre dicha fosa, meses después don Amadeo Colonia colocó una cruz con la fotografía y el nombre de su hija.